jueves, 12 de marzo de 2015

Mudando la piel

Estoy mudando de piel, como los lagartos. O quizás mejor dicho; como las lagartas. Porque sí. Porque ya me he cansado de ésta. Porque ha caducado y ya no la siento mía. Porque se me despega y no atiende a razones. Porque ha decidido independizarse e irse con otra. Porque ni si quiera me ha dejado un post-it en la nevera informándome sobre ello. Por eso, estoy mudando de piel. Estoy mudando de piel porque, al fin y al cabo, es sólo eso; piel. Y lo importante no es la piel, sino lo que hay debajo, lo que te define. Porque la piel la puedes cambiar tantas veces como quieras, pero lo que hay debajo no; eso siempre resurge, siempre vuelve a ti. La piel es la fachada, lo que le enseñas a cualquiera. Pero, desde luego, no estamos dispuestos a dejarnos despellejar por cualquiera; aunque lo haga con cuidado. De hecho, la mayoría de las veces, sólo nos dejamos despellejar a lo bestia, sin miramientos y casi siempre, sin ser conscientes de ello. Dejando el alma en pelotas.

Por eso yo he decidido mudar de piel; porque al fin y al cabo, el lobo sigue siendo lobo aunque lleve piel de cordero. Y la moda se queda mona aunque se vista de seda. Lo de abajo no. Eso es más jodido, más intransferible, más nuestro, más auténtico. Así que cuidado con los que puedan ver a través de tu piel. Cuidado con los que te hagan mudar el alma, porque esa, una vez ha cambiado, difícilmente vuelve a ser lo que era antes. Esa es irreversible, intransferible (aunque el diablo siempre intente convencernos de lo contrario) e irreverente. Y, además, siempre pide explicaciones.

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