domingo, 22 de febrero de 2015

Los amores reloj

Seguro que habréis oído (o leído, en varios artículos) un montón de formas de amor existentes; nos lo venden en tarros, nos lo administran en vena y todos somos muy adictos a él, pero ninguno sabemos como sobrellevarlo sin que un huracán nos atraviese cada vez que nos enamoramos.

Risto Mejide escribió en un artículo “99 maneras de quererse mal”, que es lo que solemos hacer con ese huracán interno, indomable, que confundimos con el amor; usarlo mal. Pero quizás ésta que hoy os expongo sea una de las pocas formas que he encontrado de quererse bien, que también las hay. 

El caso es que me he dado cuenta de que existen amores que son como un reloj, o más bien como las manecillas del reloj; que se persiguen para encontrarse, pero nunca para permanecer. Giran y giran en círculos, corren una detrás de la otra siguiéndose los pasos, pero cada una a su ritmo, nunca se aceleran o se pausan esperando a la otra; caminan hasta que se encuentran, celebran ese instante y se vuelven a separar. Tiene que ser así, porque ellas saben que si se detienen, el reloj se para y se estropea. Viven su vida pendientes de los instantes de encuentro, pero nada ni nadie les detiene en su objetivo vital, marcar las horas.

Hay algunos amores que funcionan de la misma manera, son grandes, hermosos y probablemente los más verdaderos que vayamos a encontrar jamás, pero no están hechos para estar juntos, para permanecer atados, para estancarse en la orilla de algún mar muerto. Ellos viven porque no se atan, y crecen y se persiguen y celebran cada encuentro como algo maravilloso. Algunos de estos amores aún no saben que lo son, y a veces parece que más que buscarse, se esquivan, para no herirse, para no perderse...

Dentro de los relojes sólo existe la dimensión temporal, y cada manecilla tiene su propio ritmo que la impulsa, inevitablemente, hacia la otra, pero al mismo tiempo, las distancia. Y eso es el tiempo dentro de un reloj. Pero dentro de las personas hay tantas dimensiones como podamos ser capaces de imaginar; hay ritmos, estilos de vida; hay formas de ser, de estar; hay capacidades de aceptación, de cambio; y hay algunos amores tan grandes que, sabiendo que van a encontrarse de nuevo, se dejan ser, estar, se dejan vivir, se dejan amar.

Amores que existen para ser, pero no para estar. Ellos son; y son tan grandes que cuando nos damos cuenta de su existencia, podemos crear amores infinitos, inolvidables y eternos, mucho más allá de cuando la muerte nos separe; son amores hasta que la vida los separe, si es que alguna de sus vidas lograra hacerlo alguna vez.

Estos grandes amores se seguirán encontrando tantas veces como quieran, tantas como deseen, pero nunca, por tiempo que pase, se detendrán en un mismo camino, porque ellos saben, que aunque sólo haya una letra de distancia, están hechos para amarse y no para atarse.

viernes, 13 de febrero de 2015

Siempre (te) espero

A veces, te espero en el hueco que se esconde entre cualquiera de las cavidades de mi arteria aorta, mientras siento que huyes de todas mis llamadas de peligro y atención.

Digo QUÉ: Te espero, de esperanza. La esperanza de que vengas a rescatarme de esta infinidad de dudas que me asaltan cada día mientras cruzo las calles, mientras camino deprisa con los relojes pisándome las suelas de los zapatos.

Digo DÓNDE: En la cavidad de mis arterias. Arterias, de arte. El arte que me galopa por las venas a modo de sangre turbulenta; el mismo que va y viene como el péndulo que dirige mi vida y mis ganas de abrazarte, de abrazar al mundo y a la vez esconderme de él para que no me salpique con sus venenosas mentiras.

Digo CUÁNDO: A veces, de quizás, de puede ser, de un ratito cada día a primera hora de la mañana y a última de la noche. Y, si me apuras, en todos los intervalos que dividen mis días, en todos los segundos que componen mi alma y en todos los pasos que vas por delante de mi.

Incluso digo CÓMO: Con los ojos bien abiertos y el corazón cerrado.Como quien espera encontrar algo que no quiere que llegue. Con el dolor muerto y el cerebro brindado. Así queriendo que vengas, pero sin querer que me encuentres.

Y así, esperándote con este montón de dudas, me encuentro con tantos cualquiera que la vida me resulta graciosa, y estallan las flores y me ampara la luna, y ninguna palabra se parece a la amargura. Y en el punto álgido de la noche, los días se convierten en semanas, las semanas en meses y los meses pasan por mi lado como si no me vieran, como si no existiera, como si, al fin, los (d)años ya no dejarán huella.