Quiera el mundo o no, voy a seguir viajando. Viajando al centro de mi Tierra, hasta que encuentre el fuego que se esconde en ella.
Y espero que llueva café.
Y espero que llueva café.
Viajaré hasta llegar allí dónde encuentro a todas mis ideas acurrucadas en tu regazo y, al verme, se unen para recibirme con ese tímido saludo que surge al saberse descubiertas.
A dónde cada una de las luces que alumbran mis días se encienden con la fuerza de un volcán y no hay interruptor posible que las apague.
Al lugar exacto dónde me esperas juntando todas mis partes para devolverme mi saco de dudas hecho trizas.
Allí dónde desaparecen todos los límites de mi existencia y cargo con mi mundo a cuestas para llevarlo contigo. Y llegar hasta el mismísimo infinito, o un poquito más allá.
Al punto en el que desaparezco en mis versos para reaparecer en cada una de tus estrofas y en cada uno de tus alientos.
Al lugar recóndito dónde la Luna se une al Sol en un pacto eterno de amor y da a luz a un misterioso eclipse que responde a todas las preguntas que algún día nos hicimos y a las que aún nos quedan por hacernos.
A ese rincón lejano dónde la locura se mezcla con la razón y concluyen en un mismo fin. Y el corazón y el orgasmo no dejan de ser dos palabras distintas para nombrar a una misma cosa.
Allí dónde soy más yo de lo que nunca he sido y soy más tú de lo que nunca he creído ser.
A dónde todos mis mitocondrios parecen entenderme y pertenecerme. Dónde mis fracasos y defectos, hartos de vivir contenidos, explotan y se abren paso con esa fuerza suprema que arrasa con todo lo que no está firmemente arraigado a mi.
Al preciso lugar dónde se empieza a conjugar mi mundo, tu mundo, con nuestros verbos de chocolate y nuestras palabras de juguete, con estas alianzas de plastilina y nuestros tan recurrentes cuentos infantiles.
Seguiré viajando hasta llegar a ese maldito punto.
Porque hay que andar aunque sea en círculos.
Hay que avanzar aunque sea con 100 pasos hacia delante y 99 para atrás.
Y parar a descansar si es preciso, pero no por demasiado tiempo.
Porque hay que seguir buscando, y probando.
Hay que seguir cayendo, y levantándose.
Hay que seguir fallando para poder acertar.
Porque hay que vivir jugando.
Y la vida es ese juego en el que sólo gana el que consigue descifrar todas las reglas sin hacer(se) trampas.
Porque hay que andar aunque sea en círculos.
Hay que avanzar aunque sea con 100 pasos hacia delante y 99 para atrás.
Y parar a descansar si es preciso, pero no por demasiado tiempo.
Porque hay que seguir buscando, y probando.
Hay que seguir cayendo, y levantándose.
Hay que seguir fallando para poder acertar.
Porque hay que vivir jugando.
Y la vida es ese juego en el que sólo gana el que consigue descifrar todas las reglas sin hacer(se) trampas.
Así que seguiré jugando y viajando.
Porque… ¿Sabéis qué? ¡Que ha empezado a llover café!
Y creo que se avecina una tormenta.
Y creo que se avecina una tormenta.