lunes, 9 de marzo de 2015

Los contratos

Los contratos son como las promesas, los dos se crearon para incumplirse, pero simulando que los cumpliremos; incluso, muchas veces, llegándolo a creer. 
Haciendo una reducción al absurdo, me recuerdan a cuando era pequeña y le decía a mi madre, vale, pero... ¿me lo juras? Si no me lo juras, ¡¡no me lo creo!! Y luego tu madre, aún sabiendo que te lo había jurado y las promesas, y más los juramentos, se tenían que cumplir, acababa haciendo lo que le daba la gana. Que sí, que te lo disfrazaba como tú quisieras, te salía con alguna excusa, algún vacío legal, pero al fin y al cabo, hacía lo que quería y acabábamos todos contentos.

Hoy en día vales tanto como tu palabra, esa palabra de la que eres esclavo para siempre.
Parece que aún no nos hemos dado cuenta de que las promesas están para romperlas. Nos aferramos a lo que sea para confiar en la palabra del otro, pero al final, ¿quien nos dice que esa confianza ciega no va a salir herida? Pues os diré una cosa, ni siquiera aquél que ha prometido algo con la total seguridad de que lo va a cumplir, es capaz de asegurarnos que eso vaya a ocurrir de tal manera.

Porque no, porque somos seres cambiantes, dubitativos, inquietos, altamente influenciables. Porque lo que pensamos hoy se puede desvanecer mañana, a veces incluso nos llega de golpe y porrazo alguna idea o juicio que, como un huracán, nos cambia por completo nuestra visión sobre algo. Hasta los más estables tienen momentos de flaqueza, hasta ellos a veces dudan e imaginan cómo serían las cosas si esto o aquello no fuera como es. Y, al fin y al cabo, sólo tenemos una realidad, que es la nuestra propia; la que nosotros inventamos, digerimos y finalmente defecamos para creer que nuestra vida nos pertenece y que estamos en lo cierto sobre la mayoría de las cuestiones de este mundo, por no caer en la prepotencia de decir “todas”.

Así que ahí estamos, intentando traspasar barreras que no existen, sino que nosotros mismos hemos levantado para tener siempre una excusa a la que aferrarnos, y haciéndonos promesas como locos. Buscando alguien en quien confiar, agarrándonos a un clavo ardiendo. Porque la pura realidad es que que estamos todos cagaditos de miedo…

Andamos intentando construir certezas, poniendo fín a las dudas, principios a las verdades, creando moralidades dudosas, visitando a psicólogos para poder entender lo que nos sucede, para descifrar pedacito a pedacito todo lo que pasa dentro de nosotros mismos. Y es que quizás nadie se ha planteado que lo que sucede es que es todo tan incierto que acojona, que es normal que algún traspiés nos ponga a veces las cartas sobre la mesa y nos empuje al vacío.

Que sí, que lo queremos controlar todo, incluso a las personas, en vez de disfrutar del ahora_mismo y por eso andamos haciendo promesas que muchas veces no cumpliremos, para dar esa falsa seguridad que nos libre de tanto miedo. Que dejemos ya de buscar tantas explicaciones y aceptemos que estamos acojonados y eso no tiene control. es lo que hay, o te lanzas, o te quedas esperando para siempre.

Y, pase lo que pase, y nos libremos del miedo o sea él el que se libre de nosotros, sólo puedo decir que: AMEN.
Así, sin acento, y, por los siglos de los siglos: AMEN.


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Pues yo te contrato a ti, me quedo contigo, con lo que eres y con lo que no, con lo que vales y lo que tienes, con lo que te falta y de lo que te desprendes, con(tigo), del verbo QUEDARSE, del verbo mirarte, olerte, sufrirte. Me quedo contigo, aquí y ahora, y cuando se me pase, ya veremos lo que hago con(migo). ;)

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