Seguro que habréis
oído (o leído, en varios artículos) un montón de formas de amor
existentes; nos lo venden en tarros, nos lo administran en vena y
todos somos muy adictos a él, pero ninguno sabemos como
sobrellevarlo sin que un huracán nos atraviese cada vez que nos
enamoramos.
Risto Mejide escribió en un artículo “99 maneras de quererse mal”, que es lo que solemos hacer con ese huracán interno, indomable, que confundimos con el amor; usarlo mal. Pero quizás ésta que hoy os expongo sea una de las pocas formas que he encontrado de quererse bien, que también las hay.
El caso es que me he dado cuenta de que existen amores que son como un reloj, o más bien como las manecillas del reloj; que se persiguen para encontrarse, pero nunca para permanecer. Giran y giran en círculos, corren una detrás de la otra siguiéndose los pasos, pero cada una a su ritmo, nunca se aceleran o se pausan esperando a la otra; caminan hasta que se encuentran, celebran ese instante y se vuelven a separar. Tiene que ser así, porque ellas saben que si se detienen, el reloj se para y se estropea. Viven su vida pendientes de los instantes de encuentro, pero nada ni nadie les detiene en su objetivo vital, marcar las horas.
Hay algunos amores que funcionan de la misma manera, son grandes, hermosos y probablemente los más verdaderos que vayamos a encontrar jamás, pero no están hechos para estar juntos, para permanecer atados, para estancarse en la orilla de algún mar muerto. Ellos viven porque no se atan, y crecen y se persiguen y celebran cada encuentro como algo maravilloso. Algunos de estos amores aún no saben que lo son, y a veces parece que más que buscarse, se esquivan, para no herirse, para no perderse...
Dentro de los relojes sólo existe la dimensión temporal, y cada manecilla tiene su propio ritmo que la impulsa, inevitablemente, hacia la otra, pero al mismo tiempo, las distancia. Y eso es el tiempo dentro de un reloj. Pero dentro de las personas hay tantas dimensiones como podamos ser capaces de imaginar; hay ritmos, estilos de vida; hay formas de ser, de estar; hay capacidades de aceptación, de cambio; y hay algunos amores tan grandes que, sabiendo que van a encontrarse de nuevo, se dejan ser, estar, se dejan vivir, se dejan amar.
Amores que existen para ser, pero no para estar. Ellos son; y son tan grandes que cuando nos damos cuenta de su existencia, podemos crear amores infinitos, inolvidables y eternos, mucho más allá de cuando la muerte nos separe; son amores hasta que la vida los separe, si es que alguna de sus vidas lograra hacerlo alguna vez.
Estos grandes amores se seguirán encontrando tantas veces como quieran, tantas como deseen, pero nunca, por tiempo que pase, se detendrán en un mismo camino, porque ellos saben, que aunque sólo haya una letra de distancia, están hechos para amarse y no para atarse.
Risto Mejide escribió en un artículo “99 maneras de quererse mal”, que es lo que solemos hacer con ese huracán interno, indomable, que confundimos con el amor; usarlo mal. Pero quizás ésta que hoy os expongo sea una de las pocas formas que he encontrado de quererse bien, que también las hay.
El caso es que me he dado cuenta de que existen amores que son como un reloj, o más bien como las manecillas del reloj; que se persiguen para encontrarse, pero nunca para permanecer. Giran y giran en círculos, corren una detrás de la otra siguiéndose los pasos, pero cada una a su ritmo, nunca se aceleran o se pausan esperando a la otra; caminan hasta que se encuentran, celebran ese instante y se vuelven a separar. Tiene que ser así, porque ellas saben que si se detienen, el reloj se para y se estropea. Viven su vida pendientes de los instantes de encuentro, pero nada ni nadie les detiene en su objetivo vital, marcar las horas.
Hay algunos amores que funcionan de la misma manera, son grandes, hermosos y probablemente los más verdaderos que vayamos a encontrar jamás, pero no están hechos para estar juntos, para permanecer atados, para estancarse en la orilla de algún mar muerto. Ellos viven porque no se atan, y crecen y se persiguen y celebran cada encuentro como algo maravilloso. Algunos de estos amores aún no saben que lo son, y a veces parece que más que buscarse, se esquivan, para no herirse, para no perderse...
Dentro de los relojes sólo existe la dimensión temporal, y cada manecilla tiene su propio ritmo que la impulsa, inevitablemente, hacia la otra, pero al mismo tiempo, las distancia. Y eso es el tiempo dentro de un reloj. Pero dentro de las personas hay tantas dimensiones como podamos ser capaces de imaginar; hay ritmos, estilos de vida; hay formas de ser, de estar; hay capacidades de aceptación, de cambio; y hay algunos amores tan grandes que, sabiendo que van a encontrarse de nuevo, se dejan ser, estar, se dejan vivir, se dejan amar.
Amores que existen para ser, pero no para estar. Ellos son; y son tan grandes que cuando nos damos cuenta de su existencia, podemos crear amores infinitos, inolvidables y eternos, mucho más allá de cuando la muerte nos separe; son amores hasta que la vida los separe, si es que alguna de sus vidas lograra hacerlo alguna vez.
Estos grandes amores se seguirán encontrando tantas veces como quieran, tantas como deseen, pero nunca, por tiempo que pase, se detendrán en un mismo camino, porque ellos saben, que aunque sólo haya una letra de distancia, están hechos para amarse y no para atarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario